1 April 2020

Al igual que muchos médicos, Bruce Aylward ha estado trabajando incansablemente desde que este coronavirus comenzó a causar estragos en todo el planeta, aunque su trabajo lo aleje de la primera línea médica llena de pacientes que luchan por la vida. El médico canadiense, un epidemiólogo capacitado, es uno de los funcionarios más influyentes en los esfuerzos mundiales para vencer esta pandemia a través de su papel como subdirector general de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Gran parte de su tiempo lo ha pasado en los medios de comunicación, a menudo alabando a China por su respuesta a una epidemia que surgió el año pasado en la ciudad central de Wuhan. Aylward dirigió una misión de la OMS allí el mes anterior y quedó claramente impresionado, incluso diciendo que si tenía el virus quería que lo trataran allí.

Ha hablado en términos brillantes del “rigor” de China y su “respuesta agresiva” para controlar la enfermedad. “China es realmente buena para mantener con vida a las personas”, dijo al New York Times, quejándose de que los periodistas escépticos ven a la nación como “un régimen malvado, que respira fuego y come bebés”.

Los líderes de China no comen bebés, pero sí ejecutan una autocracia muy represiva que prohíbe a las familias tener más de un hijo, controla a los ciudadanos con el sistema de vigilancia estatal más sofisticado del mundo, encarcela a los críticos y encierra a las minorías musulmanas en horribles campos de prisioneros.

Nos guste o no, también merecen críticas por su incapacidad para reprimir los mercados de animales salvajes que casi seguramente provocaron nuestra pesadilla distópica actual -a pesar de la aparición aparentemente similar del SARS en el 2002- cuando los funcionarios obstaculizaron los esfuerzos para advertir sobre el brote durante varias semanas cruciales.

Sin embargo, Aylward, criado en una de las sociedades más benignas del mundo, se rinde ante la cruda narrativa de los jefes del Partido Comunista, que ahora se hacen pasar por héroes de esta pandemia. Cuando una periodista taiwanesa le preguntó sobre la loable respuesta de su país frente al virus, se detuvo durante varios segundos, fingió no escuchar la pregunta y luego pareció colgar la llamada. La periodista volvió a marcar, pero fue rechazada con la respuesta de que “ya hemos hablado de China, y cuando se examinan todas las diferentes áreas de China, en realidad han hecho un buen trabajo”.

Tales palabras podrían haber salido de la boca de un tembloroso burócrata de Beijing. China quiere reunir a Taiwán con su “patria” siete décadas después de convertirse en un refugio para los nacionalistas de Chiang Kai-Shek, derrotados por las fuerzas comunistas de Mao. Este deseo se ha endurecido bajo el presidente Xi Jinping, quien usa la creciente musculatura de su nación para intimidar a cualquier país, empresa o institución que muestre la más mínima señal de apoyo a su pequeño vecino. Sin embargo, la isla sigue siendo ferozmente independiente, como lo demuestran las elecciones recientes, además de un faro admirable de democracia, libertad y estado de derecho.

La respuesta de Aylward fue significativa porque resalta la lamentable forma en que la OMS, una rama de las Naciones Unidas fuertemente financiada por Gran Bretaña y Estados Unidos, ha apaciguado a China y ha fallado en su tarea central de coordinar una respuesta global a las amenazas de salud pública. El absurdo es tal que los 24 millones de ciudadanos Taiwaneses puedan viajar alrededor del planeta con sus propios pasaportes, pero no pueden entrar a un edificio de las Naciones Unidas. La entidad está lejos de ser única en la manera en la que esta nación es abordada ya que además no es reconocida por otros cuerpos internacionales como los que gobiernan la aviación civil y los Juegos Olímpicos. Pero cuando se trata de coronavirus, este enfoque plantea preguntas sobre el objetivo de la OMS.

Taiwán tiene uno de los mejores sistemas de salud del mundo. Ha respondido bien al coronavirus, aprendiendo lecciones valiosas de la epidemia del SARS (al igual que otras naciones de la región) y reaccionando rápidamente para reducir su número de muertos. Sin embargo, el país que tiene prohibido asistir a las cumbres clave de la OMS, fue excluido de las reuniones de emergencia y de las sesiones informativas de expertos sobre la enfermedad. Taiwán ha acusado al organismo global de ignorar su solicitud de información cuando estalló el virus, argumentando que esto puso en riesgo vidas en un momento en que la cooperación global era crucial.

Mientras tanto, Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS y jefe de Aylward, se ha esforzado por elogiar los esfuerzos “extraordinarios” de China para frenar el virus mortal. “China en realidad está estableciendo un nuevo estándar para la respuesta al brote”, dijo en un momento. También insistió en que el país merecía ser “felicitado” por proteger a su gente y a “la gente del mundo”.

Solo unos días después, las opiniones de los ciudadanos chinos pudieron ser vislumbradas: la muerte de un médico -que fue arrestado por tratar de advertir sobre el brote- provocó un raro estallido de abierta ira contra el sistema.

Quizás no sea sorprendente que Tedros haya respaldado este régimen autocrático. Después de todo, fue ministro de salud durante siete años de Etiopía bajo el mando de Meles Zenawi, quien dirigió uno de los estados de un solo partido más brutales de África, que encarceló a periodistas, torturó a disidentes y disparó contra manifestantes que estaban a favor de la democracia. Fue además acusado de encubrir brotes de cólera. Luego, poco después de derrotar a su rival británico para ganar el puesto más importante de la OMS, trató de honrar al presidente zimbabuense Robert Mugabe al nombrarlo “embajador de buena voluntad”. Hay que tener en cuenta que Mugabe, devastó tanto a su nación que la expectativa de vida en un punto llego a hundirse en 26 años; Mientras tanto, el dictador anciano viajó el año pasado a Singapur para recibir un tratamiento a medida que su salud se deterioraba antes de morir a los 95 años.

Esta idea ridícula fue cancelada después de una tormenta de protestas. Los grupos de derechos humanos señalaron que Mugabe, un aliado de China, era el jefe de la Unión Africana cuando ayudó a maniobrar para que Tedros consiguiera el puesto. El Washington Post también señaló que China “trabajó incansablemente detrás de escena” para ayudar, diciendo que su éxito sería “una victoria para Beijing” y para el deseo de Xi de demostrar la creciente fuerza de su nación.

¿Esto explica por qué la OMS se hizo eco de la oposición China a las restricciones de viaje en los primeros días de esta crisis y ahora promueve la idea errónea de que esta nación es un modelo a seguir para combatir el virus?

Se pone peor. A la OMS se le informó sobre la enfermedad el último día del 2019. Hay acusaciones de que China ya sabía sobre la transmisión de persona a persona, incluso cuando estaba deteniendo a médicos que intentaban proteger al público durante los días siguientes. Sin embargo, el 14 de enero, la cuenta de Twitter de la OMS afirmó que “las investigaciones preliminares realizadas por las autoridades chinas no han encontrado evidencia clara de transmisión de persona a persona del nuevo #coronavirus (2019-nCoV) identificado en #Wuhan, #China”. Solo tres días después, uno de sus funcionarios denunció públicamente que el nuevo virus se estaba transmitiendo entre los humanos, una revelación crítica que destacó los peligros de la epidemia; China confirmó esto después de otros tres días.

A fines de diciembre funcionarios de Taipéi dijeron que informaron a la OMS -a través de un sistema de advertencia diseñado para el intercambio de tales hechos- que el personal médico en China se estaba enfermando: una clara indicación de transmisión entre personas. Pero esta información crítica no se compartió, ya que Taiwán fue excluido de una plataforma clave de la OMS; de hecho, el cuerpo ni siquiera se molestó en responder. “Se perdió la oportunidad de elevar el nivel de alerta tanto en China como en el resto del mundo”, dijo a The Financial Times Chen Chien-jen, vicepresidente de Taiwán además de epidemiólogo .

Fue solo a fines de enero que Tedros finalmente proclamó que el coronavirus era una emergencia de salud pública de interés internacional- momento en el que ya se había extendido a 19 naciones en cuatro continentes. Algunos expertos defienden su necesidad pragmática de trabajar con China para contener el brote. A pesar del escepticismo sobre los datos y a pesar de la lentitud de la OMS para declarar una pandemia, el cuerpo ha sido aclamado por su trabajo posterior organizando los esfuerzos globales para contener el virus. Sin embargo, cuando esta crisis concluya, deben definirse responsables por las acciones que nuevamente han dañado su credibilidad.

La OMS fue culpable de la inacción desastrosa frente al brote mortal del ébola hace seis años, cuando su floja manera de manejarlo fue acusada de alimentar las muertes y el sufrimiento. La terrible epidemia mató a más de 11,000 personas en tres naciones de África occidental, provocando miedo y paralizando a estos países, como lo vi yo mismo en Liberia.

Sin embargo, cuando Médicos Sin Fronteras le suplicó ayuda al mundo y advirtió que la enfermedad estaba fuera de control, fueron desmentidos por un portavoz de la OMS en redes sociales. Solo después de cuatro meses, este organismo que se supone muestra liderazgo global, admitió que hubo una emergencia sanitaria internacional. Una devastadora investigación realizada por expertos británicos y estadounidenses lo acusó de “el fracaso más atroz” al no hacer sonar la alarma.

Retrocedamos más en el tiempo y encontraremos otros ejemplos de las fallas de esta organización, no solo en la inepta forma en que se enfrentó a la crisis del SIDA, que llevó a la ONU a establecer un cuerpo separado para la enfermedad. Posiblemente se contuvo en esta nueva crisis por temor a parecer alarmista, después de haber sido criticado por calificar el brote de gripe porcina del 2009 como una pandemia cuando resultó más leve de lo esperado. Esto podría explicar por qué, a fines del mes pasado, Tedros, aún minimizaba la enfermedad. “El uso descuidado de la palabra pandemia no tiene ningún beneficio tangible, pero tiene un riesgo significativo en términos de amplificar el miedo, el estigma innecesario e injustificado, además de paralizar los sistemas”, dijo.

Al igual que otros cuerpos de la ONU, esta organización tiene un trabajo difícil al equilibrar un gran papel de liderazgo con fallas sistémicas e intereses nacionales que compiten. Establecido en 1948 para ayudar al mundo a lograr el “nivel de salud más alto posible”, su alcance estratégico abarca desde frenar el tabaquismo y combatir la obesidad infantil, hasta la resistencia a los antibióticos y prepararse para las emergencias. Desafortunadamente, al igual que otros organismos de la ONU, está hinchado, es burocrático, tiene dificultades para obtener fondos, sufre disfunción organizativa y está repleto de títeres políticos.

Cuando salgamos de esta nube oscura, el mundo puede verse muy diferente. Sin embargo, una cosa es segura: esta cruel pandemia ha expuesto con la más terrible claridad que necesitamos un organismo de salud global libre de política, sin restricciones diplomáticas y sin miedo a decir la verdad.

 

Ian Birrell es un periodista y columnista extranjero galardonado. También es el fundador, junto a Damon Albarn, de Africa Express.